A Andrés H.
"¿Y tú qué me enseñarás? ¿Qué aprenderé de ti?". Tomó mi brazo y lo puso a la par del suyo, luego lo estiró, parecían fusionados. "A nadar", contestó. Y en ese momento, lejos del agua, ahí en su habitación, tuvo que echar mano de las palabras. Dijo: "será más fácil de esta forma", y sonrió espontáneamente, como hacia dentro, como acordándose de alguien o de algo. "Me han dicho que nadar es como bailar, como una danza, pero bajo el agua. Sumergido, hay que sentir el cuerpo, tenerlo consciente. La patada en 'libre' y 'dorso' será como bailar ballet, de puntitas, y así mover las piernas, sin doblar las rodillas, patear, ir contra la presión del agua. La de 'delfín' para 'mariposa' tendrá que ser moviendo la cintura, el vientre de arriba abajo, como en un baile sensual, como cuando en el sexo. Los brazos en el estilo libre harán giros, como llevar un listón y darle vueltas de manera rítmica". Volteó la cabeza para verme a los ojos y echó a reír, "ni siquiera sé bailar, pero lo intentaré", contestó. En ese instante, mi deseo era estar en la alberca y al mismo tiempo recordaba a cada uno de los que me habían enseñado a perfeccionar mi nado a través de una metáfora.
Literary exercises/ Ejercicios literarios
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Sunday, 4 November 2012
Fuera del agua (Dancing)
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Thursday, 30 April 2009
El color del polvo (The Time Has Come)

Y luego el ligero sonido, el que se logra colar y que avisa de la velocidad alcanzada; y la sensación de que no ha pasado el tiempo. La imagen barrida en donde aparecen los objetos mezclados, y al horizonte, ese pálido color de cuando la tierra se levanta y se convierte en polvo y da la impresión de que ha bajado una nube, una nube extraña, que no es azul y que molesta. Y se distingue la silueta del vendedor, el que ha estado ahí durante todos estos años, y al que sólo se le reconoce por su atuendo, el mismo de siempre. De este lado, aquí, no hay ruido ni polvo, todo es quietud, sólo se mira, se mira del lado y se ve la escena a través del cristal. Y la imagen se diluye mientras el auto avanza y el camino se hace predecible. Entonces, la memoria avisa de eso que viene: llegarán las casas a medio hacer, de irregular forma, grises, y el auto tendrá que dar la vuelta, dejar atrás aquel inútil paisaje, y ver al frente, seguir el camino. Y vino el incómodo pensamiento; me di cuenta que aquel hombre, el vendedor, ha permanecido ahí desde la primera vez. Luego miré el retrovisor y observé que mi tez ya no era la misma, la misma de aquel día, de esa primera vez en la que vi a ese extraño hombre, quien sigue ahí, en medio del polvo.
Friday, 16 January 2009
Escupir la lengua (American Accent)
1
La madre había dado las indicaciones. Tenía que vender por lo menos cinco cajas de chicles.
La mujer sujetó al niño pequeño en su espalda con el largo reboso, y con sus fuertes y ásperas manos, hizo un nudo para asegurarlo. Eran las seis de la mañana, y a pesar del frío, tenía que iniciar la rutina.
La niña, apenas se despierta e incorpora, los dos grados centígrados le provocan un temblor involuntario que sólo lo puede mitigar al ponerse el suéter que, botado por ahí, había dejado la noche anterior. Luego, en cuestión de minutos, tiene que seguir a su madre y recorrer, todavía a oscuras, las calles vacías hasta llegar a su crucero. Y la mamá advierte antes de que inicie su jornada laboral: “!Español!, María”. Y luego María recuerda aquella vez que hablaba otomí con un desconocido, a quien hizo sonreír sólo por escucharla. Pero no logra olvidar tampoco, y mucho menos se explica, la reacción de su madre aquel día, quien la tomó del brazo con la misma fuerza con la que amarraba el reboso para cargar a su hermano, pero esta vez para alejarla de aquel hombre y para luego darle una súbita bofetada en la boca: “para que entiendas, María, ¡español!".
2
Se aproximaba al hombre de migración; le vino a la mente todo aquello que había aprendido desde chica. Su comportamiento tenía que ser natural, tal y como era ella. Su pelo lacio, claro, su tez apiñonada, sus ojos azules, sus finos y simétricos rasgos, y su porte, tan “elegante”, así era Lula, quien parecía a simple vista una adinerada turista. Con acento americano saludó al dependiente. La reacción fue parca y brusca. El hombre regordete, de color, un gigante para Lula, sólo se reservó a preguntar la procedencia, si venía de México. Lula bajó la mirada y en castellano tuvo que contestar que “sí”.
3
Por última vez les decía a sus padres que no regresaría. Eso ya lo había sentenciado en otras ocasiones, pero esta vez en colérico tono. "Te hemos depositado el suficiente dinero para que vuelvas", le advertían a Luis y le suplicaban a la vez, pero ya todo era inútil. "Allá no tengo nada qué hacer", vociferaba haciendo retumbar el teléfono, "sólo de pensarlo me da nauseas". En efecto, habían pasado muchos años y “ya no se imagina ahí otra vez". Pero sus padres nunca lo entendieron, así que la incomprensión era mutua. La última vez que lo habían visto en su país fue hace ocho años, cuando aún era adolescente; y ahora es un adulto, un hombre que ha elegido hablar otra lengua.
La madre había dado las indicaciones. Tenía que vender por lo menos cinco cajas de chicles.
La mujer sujetó al niño pequeño en su espalda con el largo reboso, y con sus fuertes y ásperas manos, hizo un nudo para asegurarlo. Eran las seis de la mañana, y a pesar del frío, tenía que iniciar la rutina.
La niña, apenas se despierta e incorpora, los dos grados centígrados le provocan un temblor involuntario que sólo lo puede mitigar al ponerse el suéter que, botado por ahí, había dejado la noche anterior. Luego, en cuestión de minutos, tiene que seguir a su madre y recorrer, todavía a oscuras, las calles vacías hasta llegar a su crucero. Y la mamá advierte antes de que inicie su jornada laboral: “!Español!, María”. Y luego María recuerda aquella vez que hablaba otomí con un desconocido, a quien hizo sonreír sólo por escucharla. Pero no logra olvidar tampoco, y mucho menos se explica, la reacción de su madre aquel día, quien la tomó del brazo con la misma fuerza con la que amarraba el reboso para cargar a su hermano, pero esta vez para alejarla de aquel hombre y para luego darle una súbita bofetada en la boca: “para que entiendas, María, ¡español!".
2
Se aproximaba al hombre de migración; le vino a la mente todo aquello que había aprendido desde chica. Su comportamiento tenía que ser natural, tal y como era ella. Su pelo lacio, claro, su tez apiñonada, sus ojos azules, sus finos y simétricos rasgos, y su porte, tan “elegante”, así era Lula, quien parecía a simple vista una adinerada turista. Con acento americano saludó al dependiente. La reacción fue parca y brusca. El hombre regordete, de color, un gigante para Lula, sólo se reservó a preguntar la procedencia, si venía de México. Lula bajó la mirada y en castellano tuvo que contestar que “sí”.
3
Por última vez les decía a sus padres que no regresaría. Eso ya lo había sentenciado en otras ocasiones, pero esta vez en colérico tono. "Te hemos depositado el suficiente dinero para que vuelvas", le advertían a Luis y le suplicaban a la vez, pero ya todo era inútil. "Allá no tengo nada qué hacer", vociferaba haciendo retumbar el teléfono, "sólo de pensarlo me da nauseas". En efecto, habían pasado muchos años y “ya no se imagina ahí otra vez". Pero sus padres nunca lo entendieron, así que la incomprensión era mutua. La última vez que lo habían visto en su país fue hace ocho años, cuando aún era adolescente; y ahora es un adulto, un hombre que ha elegido hablar otra lengua.
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