I.
Había tenido que esconder aquella pintura. Nadie más podía mirarla, sólo él.
II.
Como contener una lágrima, así era el desagradable sentimiento que le causaba “negarse”, renunciar a lo que quería, a los deseos, por genuinos que fueran. A veces, no había por qué conversar, daba igual ser o no ser explícitos. Y así, a través de ese extraño sonido, agudo y oculto, había sido muestra amistad, estar a un lado y sabernos.
III.
La señora Sada, dueña de la galería y una de mis tantas cómplices, había prometido enseñarme algo. “Ya verás, te tengo una sorpresa”, me dijo aquella tarde al teléfono.
Como todos los días, había orado por media hora y al mismo tiempo recordaba a Santiago, pedía por él. Se hacía tarde…
IV.
No era más que una banal escena en aquel lienzo. Se percibía un fino y tenue barniz; el resultado, un día palideciendo, del gris pasaba al azul intenso. El trazo del pintor lograba un delicado efecto de neblina, un pálido velo que opacaba la escena y sólo los grandes ojos de uno de los dos personajes, un hombre joven, parecían provocar el único detalle luminoso. Era imposible que pasara desapercibida aquella situación que se retrataba, había cierto dejo de tristeza, una expresión facial casi apagada en ambos personajes, llevada por la gravedad, abatida. La escena transcurría en algún país nórdico, justo a la orilla del mar. Uno soportaba el peso del otro, y fundiéndose, caminaban lentamente. Aquel muchacho, de sutil y delgado cuerpo, se sostenía en equilibrio por los gruesos hombros de un hombre quizá diez años mayor. El joven miraba al cielo.
Esa misma noche lo compré; lo quise llevar de inmediato, no esperé más. Llegué a casa y lo primero que hice fue despejar la pared más alta. Luego, con mucha delicadeza, lo coloqué en perfecta armonía junto a los demás objetos.
V.
Le comenté que la pintura era un obsequio, pero que yo se la guardaría, que mi casa sería un buen sitio para ella y que nadie más se iba a enterar. Y lo que había dicho no era más que una excusa para ver su reacción. Su mirada evidenció cierto encanto hacia la obra, pero eso no podría haber sido una señal certera, pues su estado de ausencia siempre era notable a través de esa extraña forma de mirar. Aquella ocasión parecía una respuesta diferente. En un impulso había dado su juicio: “me encanta”, aunque luego había rectificado diciendo que sólo se refería a “la técnica”. No podía aceptar el obsequio. Ni aunque yo me lo quedara en mi departamento, no podía, ni siquiera por su valor estético. Un cuadro que maldijera al Señor mostrando a dos hombres así no podría ser aceptado. “¿Qué no lo entiendes? ¡Nada que lo ofenda puede ser aceptado por mí¡ Ni aunque sea una obra maestra que merezca los aplausos de todo el mundo”. Así concluyó nuestro encuentro. Luego, me pidió que lo llevara a su casa. Bajó del auto y diciendo “algún día lo comprenderás”, azotó la puerta.
VI.
Sólo algunos días bastaron para volvernos a ver. Fuimos a misa muy temprano y luego desayunamos en casa. Le dije que aún tenía el cuadro, y lo decía bajo el temor de alguno de sus arrebatos. Con la penetrante mirada de siempre, como aquella con la que miró por primera vez la pintura, respondió: “consérvalo, nunca lo vayas a vender. Hagamos ese pacto, ése ha sido un regalo, no sólo tuyo, sino también de Él”.
Ciudad de México, febrero de 2007.